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martes, 2 de julio de 2013

Dicha y cruz de ser ecologista

Por Miguel Á. Ortega, director de Asociación Reforesta

 Considero que una de las principales motivaciones de mi vida es concienciar sobre la necesidad de
adoptar otros estilos de vida que aseguren la continuidad de nuestra especie y respeten también a los animales, plantas, ecosistemas y paisajes que, junto con nosotros, forman este pequeño y hermoso planeta. Un planeta que, a escala cósmica, cuantitativamente es como si no existiera y, sin embargo, en lo cualitativo, es muy especial.

miércoles, 19 de octubre de 2011

La espiritualidad llega al ecologismo


Algo está cambiando en el movimiento ecologista, en el cual participo desde 1981. Ya no sólo se dedica a exigir a políticos y ciudadanía una actitud más respetuosa hacia el medio ambiente. Probablemente, como consecuencia de la búsqueda sincera de respuestas a la pregunta ¿por qué el ser humano es tan agresivo con su propio planeta?, muchos hemos llegado a la conclusión de que la razón de esa agresividad es la misma por la que lo somos con otros seres humanos y con nosotros mismos.
Sí, en los últimos años observo con cada vez más frecuencia actividades y publicaciones de ONG ecologistas que reivindican abiertamente la espiritualidad. Espiritualidad no es lo mismo que religiosidad. La espiritualidad tiene que ver con cómo se percibe y concibe uno a sí mismo, con la profundidad y el recorrido que le demos a nuestro ser.
Por ello es tan comprensible que hayamos tenido que parar a reflexionar quienes en algún momento hemos sentido que nuestra militancia ecologista nos proporcionaba la sensación de estar dándonos continuamente contra un muro, de no contar con la comprensión y la complicidad de la sociedad, de ser un poco friki y, en definitiva, de estar entregando nuestra vida a una causa y recibir a cambio bastantes disgustos.
Y la reflexión lleva a reivindicar la espiritualidad. Porque esa profundidad que le reconocemos a nuestro ser desde una actitud de presencia muy consciente en el día a día es incompatible con la superficialidad de la sociedad de consumo. Ser máquinas de producir y consumir para engrasar así este sistema depredador de la naturaleza y de las personas no sólo es la causa del deterioro ambiental, sino de la profunda sensación de vacío que aborda a muchas vidas, paradójicamente a más en los países ricos y, especialmente, en estos tiempos de crisis.
Nuestro estilo de vida nos separa de la naturaleza. Muchos acuden a ella en vacaciones y en fines de semana sin darse cuenta de que, si van, es porque los llama, aunque ellos crean que únicamente necesitan un espacio abierto para relajarse y divertirse (a menudo, perjudicándola). Esta separación de la Madre Naturaleza nos hace confundirnos respecto a nuestra propia naturaleza. De ahí que el ecologismo esté empezando a reclamar cambios no sólo en las leyes y en las estructuras socioeconómicas, sino también en el alma humana.
Miguel Á. Ortega. Octubre de 2011