En este artículo nos centraremos fundamentalmente en dos
especies vegetales aun no suficientemente extendidas, y que merecerían un lugar
de honor en nuestras ciudades de grandes, interminables y áridos muros verticales.
Me refiero a la popular Viña virgen (parthenocisus. Sp) en cualquiera de sus
variedades y a la inmortal hiedra común (hedera helix)
Viña virgen
La viña virgen está emparentada con las viñas que se cultivan
desde hace miles de años por toda la cuenca del mediterráneo y que los romanos
se encargaron de extender por nuestra geografía. Además fructifica de manera
similar a esta última, produciendo diminutos racimos de uvillas muy apreciados
por aves urbanas como los mirlos. La viña virgen necesita una exposición
noreste para prosperar con plenas garantías, aunque si el terreno está bien
regado y abonado tolerará otras exposiciones más soleadas.
Es una planta de rápido crecimiento y produce unos zarcillos
que se adhieren como ventosas a todo tipo de superficies irregulares. En otoño
pierde sus verdes hojas, no sin antes regalarnos un espectáculo de color con
sus llamativas hojas de un rojo intenso. La ventaja de esta característica y al
contrario de lo que ocurre con la hiedra, que es de hoja perenne (es decir, las
mantiene todo el año), es que en invierno deja pasar los rayos solares y por lo
tanto el calor al muro de la vivienda.
