lunes, 10 de julio de 2017

¿Crisis ambiental? O… ¿Crisis existencial?

Por Miguel Á. Ortega. Presidente de Asociación Reforesta
Artículo publicado en la revista DKV 360

La causa de la crisis ambiental es la extracción excesiva de recursos para sostener nuestro modelo de producción y consumo.

Somos 7.500 millones de personas en la Tierra, y las proyecciones sitúan la población en 10.000 millones en la segunda mitad de este siglo. Según la organización internacional WWF, en 2012, era necesario el equivalente a 1,6 planetas Tierra para obtener los recursos naturales y los servicios que la humanidad consume en un año. Imaginemos lo que puede pasar si los países menos desarrollados logran su legítimo objetivo de alcanzar un nivel de consumo equivalente al de los ciudadanos de los países ricos.


Hay quienes creen que la llamada economía verde, que propone un mejor aprovechamiento de los recursos y se apoya en los avances técnicos, puede resolver nuestros problemas, sin necesidad de cambios de mayor calado. Yo creo que puede hacernos ganar tiempo, nada más.

Son varias las razones que sostienen mi desconfianza. Una de ellas es que, como cada vez somos más, es muy posible que, aun considerando estas ganancias en eficiencia, el balance neto resulte en un mayor uso de los recursos. Además, la disponibilidad de tecnologías ahorradoras no garantiza su uso. No tenemos más que recordar el caso de la energía: a pesar de la amenaza del cambio climático, el despegue de las renovables no se ha iniciado hasta que el precio del kilovatio producido con ellas se ha acercado al del kilovatio producido con energías convencionales. Sin embargo, si nuestro modelo económico incorporara al precio de las cosas el coste del impacto ambiental y social que generan a lo largo de su ciclo de vida, el precio de mercado del kilovatio renovable habría sido inferior al del kilovatio convencional desde hace mucho tiempo. Y esto mismo ocurriría con otros muchos bienes de consumo.

Además, las decisiones tomadas tiempo atrás limitan nuestro margen de maniobra. Es el caso del modelo de urbanismo disperso, que conlleva la necesidad de continuos desplazamientos motorizados. O el de las inversiones en infraestructuras y equipos energéticos o de transporte: sus promotores desean seguir explotándolos y presionan para retrasar la adopción de tecnologías más eficientes.

Lo anterior se refiere a decisiones empresariales y políticas. En cuanto a nuestras decisiones personales, priorizamos nuestra comodidad y no nos resulta fácil aceptar límites porque anteponemos nuestra satisfacción, aunque ello conlleve mirar hacia otro lado para no ver el impacto ambiental y social de nuestro consumo. “Necesitamos” ordenadores, móviles, electrodomésticos o coches con más prestaciones, o renovar nuestro fondo de armario con la mayor frecuencia posible, o disponer de infraestructuras para practicar nuestras aficiones allí donde vayamos. Todo ello tiene un elevado impacto ambiental y social, pero la gran mayoría de quienes integramos esa pequeña parte de la población mundial con elevado poder adquisitivo seguimos comportándonos como si el deterioro ambiental no fuera con nosotros.

No sabemos porqué ni para qué existimos pero, ya que existimos… ¡pasémoslo bien! Sí, es muy comprensible pero, si ponemos en un plato de la balanza la excitación que nos causa el consumo de cosas superfluas y en el otro los daños sociales y ambientales colaterales, así como el estrés, la ansiedad, el conflicto y la frustración que a menudo nos produce perseguir ese consumo, ¿es ésta la forma más lúcida de pasarlo bien?

En mi opinión, superar la crisis ambiental exige consumir menos y con más inteligencia, y ello requiere otro estilo de vida y otra forma de organización social. La emergencia ambiental ha llegado por haber priorizado las capacidades y cualidades útiles para el mercado, que se basa en la competencia y en la ley del más fuerte. Sin embargo, en todos los lugares y épocas surgieron filosofías y prácticas que potenciaron la introspección para ahondar en el autoconocimiento como forma de ganar serenidad, claridad mental y paz interior, así como para cultivar el desapego en lugar del deseo. Todo ello conduce a gestionar mejor las emociones y, por tanto, a reducir los conflictos.

Está en nuestra mano ser ese tipo de persona informada y empática con los demás seres humanos y con el planeta que presta atención a los impactos sociales y ambientales y no cae en el consumismo, que le da más valor al ser que al tener y que no hace depender su felicidad de su capacidad de consumo; esa persona sin complejos a quien le da igual lo que tengan o hagan los demás, que es capaz de autoimponerse límites o, al menos, que los acepta cuando es necesario para proteger el medio ambiente y los derechos de los demás. 
Y también, esa persona con espíritu crítico y constructivo, que intenta entender nuestro complejo mundo desde un enfoque holístico, que es consciente de que su ser deja huella y busca activamente ser parte de la solución, para no ser parte del problema.

No lo olvidemos, nuestra sociedad la formamos y creamos nosotros. Para cambiarla, hay que vivir de otra manera, y para vivir de otra manera, hay que entender la vida de otro modo.  

Imagen tomada de http://ideaa.eu/ecologia-religione/la-crisis-ambiental-y-la-economica-estan-entrelazadas/ 

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